domingo, 8 de febrero de 2015

"HISTORIAS CON MUCHO CUENTO" VISTO POR CARLOS CALVO, SUBDIRECTOR DEL POLLO URBANO


El Pollo Urbano. Desde 1977 la primera revista de sátira política, información, ocio y cultura del mundo negro aragolés. Zaragoza. España. Nº 150. Febrero 2015

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Eugenio Mateo y sus historias con mucho cuento

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Por Carlos Calvo Fotografías de Rafael Esteban
   Amigo y colaborador de ‘El pollo urbano’, Eugenio Mateo (Zaragoza, 1950) presentó en el museo Pablo Gargallo de esta ciudad inmortal su libro ‘Historias con mucho cuento’ (Erial, 2015), el primero que publica esta editorial tras la acogida de su revista ‘Crisis’ y, asimismo, su debut como escritor de libros.     En la mesa de ceremonias, además de nuestro protagonista –que dio besos y abrazos para todos-, estuvieron Juan Domínguez Lasierra y Fernando Morlanes, quienes disertaron de la importancia de este lanzamiento al ruedo literario de la ficción, aunque no desdeñaron extenderse, si la ocasión lo permitiera, en el terreno del ensayo o la poesía, del pensamiento en general.
   Como bien reflejan en sus respectivos prólogo y epílogo del libro, Fernando Morlanes y Juan Domínguez Lasierra abordaron la obra del autor, un narrador, dijeron, que no deja que su fantasía se ahogue esclavizada por los límites que suele imponer la verosimilitud, que nos lleva y nos trae por donde quiere, con esa habilidad tan suya para la imaginación en escenarios cotidianos, acaso arraigada desde sus primeros juegos infantiles, y siempre con ese punto de humor, de socarronería, en la típica tradición de cierta intelectualidad aragonesa.
   También intervinieron en el acto Luis Trébol y María Otal, que recitaron varios pasajes del libro, empezando por el poema que da entrada al volumen de cuentos, del propio Eugenio Mateo: “Ah, las noches de bohemia / sin coches a la puerta. / Pasó el último tranvía, / la noche solo es fría / para mi sombra incierta”. Y es que este agitador cultural ha sido, desde su adolescencia de poeta en la prensa zaragozana hasta las catacumbas del arte en sus nuevas tendencias, un indisciplinado muchacho de orden que atisbaba los presentes con la atención del que quiere aprender de todo. “Dicen”, afirma Mateo, “que la inquietud es un escalofrío de curiosidad, y presentirla desde las aceras de las calles que surca el paisaje propio hace descubrir lo oculto a simple vista. Contar historias permite vivirlas sin estar presente, con asiento preferente sobre el balcón del teatro cotidiano”. A fin de cuentas, añade, “es poder ser el protagonista de algo que solo existe en la pluma de la imaginación”.
   El volumen se inicia con ‘Acacio, el hombre árbol’, un caso de metamorfosis hacia una forma de vida vegetal, y concluye con ‘Un cuento de otoño’, en torno a la ácida realidad de la estupidez humana. Entre ambos, veintiséis relatos más, alejados en su mayoría del realismo, estertores de caricias y reproches, desde la sátira a la tragedia, desde la fábula al simbolismo, desde la fantasía a lo grotesco, desde la marginalidad al existencialismo, desde los sueños a los placeres mundanos. En el recorrido nos encontramos a personajes de temblores imperceptibles, de olores matinales, de miradas intimidatorias, miedos fluyendo por los poros, pasos como sarmientos secos rozando el suelo, asaltantes con sombreros contra el sol, mastodontes mecánicos, beatas que se santiguan en zaguanes y corrillos, hechizos lanzados desde remotos escondites, bestias y hombres frente a frente, fantasmas que se encogen de hombros, insectos que chupan rápido, moles de piedras que se desprenden de sus ataduras, escritores absolutamente incomprendidos, rebufos del agua desbocada, cuencos repletos de promesas, muertos cubiertos de oro, trenes como preámbulos de muchos epílogos, sombras de siluetas jorobadas, troncos que sufren de amores, troncos a la deriva. O, en fin, lluvias que apagan los ardores y vuelven corderos a los lobos.
    El pensamiento fragmentario de Eugenio Mateo entra a saco por las microfisuras de la estética, de las artes y las letras, de la trampa urgente de ese porvenir quincallero que nada tiene que ver con el futuro. Y allí abastece de razón, pasión e ideas a quien se quiera asomar. Sus cuentos penden, formando raros equilibrios, o reposan sobre superficies extrañas y difíciles de explicar. Siempre con humor, ternura e ironía, la prosa de Mateo discurre sobre fondos hostiles e irreales, a la manera de pequeños cuadros como alegorías de la fragilidad de la vida humana. Y también animal. El suelo deslizante. La trampa al acecho. Una pista helada dirigiéndose a un horizonte lejano, difuso. Una pista en la que no todos sus patinadores lograrán mantenerse en pie. Un paisaje sembrado de trampas para pájaros del más distinto pelaje. Un paisaje en la niebla. Un paisaje después de la batalla. Un paisaje pirenaico. Una situación, por extensión, frágil, deslizante y selectiva, en la que muchos acabarán rompiéndose el costillar y otros, ay, quedarán atrapados.
   ‘Historias con mucho cuento’, además, cuenta con veintiocho ilustraciones –muchas de ellas creadas directamente para los relatos- de diferentes artistas, entre los que se incluyen Paco Rallo, Óscar Sanmartín, Sergio Abraín, Isidro Ferrer, Philip West, Alicia Sienes, Kumiko Fujimura, Samuel Aznar, Eva Armisén, Miguel Ángel Arrudi, Manuel García Molina, Leticia Hidalgo, Ángel Laín, George Massanes, Mariusz Otta, Álvaro Peña, Miguel Sanz, Esther Sunyer o David Vela. El propio Eugenio Mateo ilustra dos de sus cuentos: ‘Ratones’ y ‘Corred, corred, malditos’. 
  En el primero, uno de los más cortos, Mateo nos habla de tres fraternales ratoncillos de monte, de la misma camada, para reflexionar sobre el espíritu de las especies, en este caso la humana y la roedora. En el segundo, la imagen de una especie de bodegón con panes y migas sirve de soporte a un relato donde el hambre se convierte en saliva, en hacedor de pesadillas y disneas, que ataca a traición, como el mejor alimento para la inteligencia, porque muchas veces confundimos la falta de apetito con el hambre en el mundo, en una suerte de guiño a cuatro bandas entre la inmortal pieza shakesperiana, la apocalíptica prosa de un probable Blasco Ibáñez o los clásicos fílmicos del aventurero  Richard Fleischer y del intrigante Sydney Pollack.
   Valgan las propias palabras de Eugenio Mateo como despedida: “Este libro juega con la palabra como en los relatos los personajes juegan al despiste con la fantasía. Cuento es todo lo que no se puede confirmar. Reivindico a seres fantásticos que son como usted o como yo mismo detrás de la careta de amasijos vitales. Precipitamos emociones que tienen mucho de esperpénticas y nos sentimos bien, moderadamente bien, fabulando, que fabular es dar rienda suelta a lo posible que todavía no ha probado a conocerse”. 
  Y remata: “Estos relatos provienen de recientes desvelos en la madrugada o no tan cercanos, si me permiten la franqueza. Algunos fueron escritos cuando todavía creía que todo tiene arreglo, otros son el resultado de la ácida realidad en la que casi nada tiene sentido; unos y otros describen situaciones que rayan en lo inverosímil porque lo grotesco o desmesurado forma parte intrínseca del ser humano, cada vez más insincero y menos predecible, pero hombre al fin que puede volar sin alas cuando se lo propone”.
   Historias, al fin y al cabo, con mucho cuento.

sábado, 7 de febrero de 2015

PARADOJAS. MI ARTICULO DE OPINIÓN EN EL POLLO URBANO Nº 150



El Pollo Urbano. Desde 1977 la primera revista de sátira política, información, ocio y cultura del mundo negro aragolés. Zaragoza. España. Nº 150. Febrero 2015


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Paradojas / Eugenio Mateo

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Por Eugenio Mateo

    Durante muchos años, cada vez que pasaba por un determinado lugar de esta ciudad presentía en el aire la siniestra presencia de la muerte. El templete neoclásico del Instituto Anatómico Forense de la Facultad de Medicina, en la calle Doctor Cerrada, era el penúltimo recodo del camino antes del final absoluto para aquellos que habían encontrado una muerte inesperada o violenta.      Recuerdo la figura desgarbada del médico forense al frente de esa institución, el doctor Bastero, a quien tuve el honor de frecuentar y que era hijo del fundador del Instituto, Bastero Lerga. En un cuerpo desproporcionado destacaba su rostro, cerúleo, con el mismo color de tez que los desafortunados a los que les practicaba la autopsia —es curiosa la capacidad de mimetismo que adquieren a veces las cosas de manera autónoma, sin causas aparentes— Era una excelente persona, dotada de una altura moral que le enriquecía y pareja a su altura física. Un sabio de una amabilidad natural que, sin embargo, no podía ocultar el fondo de horror que su sensibilidad no había asimilado; humanista y chungón, con unos ojos tan tristes que invitaban a la piedad, enmarcados por unas profundas ojeras que a mí, en aquella época un jovenzano aventurero, me hacía fabular con las cadavéricas ojeras de los ocasionales pobladores de aquella morgue, a los que, afortunadamente, nunca tuve ocasión de ver. Su sonrisa suplía el escepticismo que vivía con él y su conversación dejaba un poso de calma infinita, ausente de prisa, con una manera especial de medir el tiempo que él conocía como nadie en su finitud.
    Hoy, después de tantas ocasiones por las que  he transitado por el lugar,  han vuelto  los recuerdos de forma inapelable. Hace mucho que el templete dejó de tener el uso para el que fue creado; probablemente, nadie repara en esas vidrieras que le confieren carácter de capilla en uso, pero no, ahora es una especie de jardín de infancia donde juegan niños pequeños acompañados de sus papás. Esta mañana, de regreso de una gestión en un gran centro cultural que cobija todo el saber y que curiosamente sufre de esclerosis informática, a través de los ventanales de colores me han llegado s los gritos de algarabía divertida, y confieso que he tenido la tentación de entrar y de conocer como se filtra la luz por esos cristales, ese arcano impulso de intentar adivinar el arrope  pseudo celestial que sentirían los muertos que allí yacieron. La prisa me ha hurtado dar el paso y he seguido caminando como si una cita a ciegas me esperara al fondo de la calle. Se ha venido conmigo el recuerdo del doctor que tanto conoció del  lado oscuro, y los de cuando a veces alguien abría los ventanales policromados y se podía observar un ataúd sobre el catafalco de la soledad eterna. Un recuerdo inútil, difuso y profuso en sentimientos de tiempo desperdiciado, árbitro entre filos de cuchillos en los que la vida ha mostrado su afición funambulista.
    Es la constante paradoja, esa que decide que un mismo espacio puede servir para fines diametralmente opuestos. De morgue a guardería infantil. De telón de carencias irremediables de futuros a  escenario de proyectos de vida
    La manera de vivir que nos estamos dando es una contradicción que pone a prueba la capacidad de razonamiento. El mundo al revés. El orden de valores subvierte esos mismos valores para dejarlos vacios de contenido y razón. La gran paradoja que ha venido a mi encuentro instantes después de la mano de un cooperante del ACNUR, un joven voluntario que buscaba nuevos voluntarios bien intencionados, quizá como él mismo, que ayuden a paliar las vidas destrozadas de millones de seres que son obligados a dejar sus hogares porque un equilibrio de poder poco misericordioso trafica con los intereses más elementales de media humanidad. Un sistema desquiciado que convierte en necesitados a los mismos a los que pide su dinero.
    No ha terminado mi paseo paradójico en esta mañana invernal. Saludé a una amiga en un paso cebra, venía acalorada en misión laboral, en concreto, comisionada para vender un piso de la inmobiliaria en que trabaja. En lo que dura un semáforo en rojo me puso al corriente de sus cuitas y pude deducir que su empresa era una entidad bancaria a la que las crueles paradojas han hecho dos veces propietaria de casas que sus dueños no pudieron pagar y fueron embargadas, pero que las siguen debiendo. Hay que añadir que esta amiga es directora de una agencia que va por objetivos; hace apenas unos años, estaba obligada a conceder un determinado umbral de crédito, vender pasivo, le llamaban; ahora está presionada con objetivos semanales para aligerar el parque de viviendas desahuciadas de los activos tóxicos. No para la pobre, en ese sinvivir.
    Reconozco que mi estupor ha ido en aumento. Había quedado con un amigo a tomar un vermú. En el bar en cuestión, allí, en la barra repleta de tapas sin cubrir, ignorando las ordenanzas sanitarias, uno de los jerarcas de esos partidos bisagra tan en boga. No pude por menos de escuchar, mientras esperaba al amigo, la charla que el sujeto político mantenía con dos damas de abolengo. La frivolidad de sus comentarios y algunas de las opiniones vertidas sobre los socios de gobierno, le hizo culpable ante mis oídos de ser un perfecto cretino pues ni el escenario ni la inmediatez de desconocidos concedió a sus peroratas matiz alguno de prudencia, necesaria y conveniente cuando se tienen ciertas responsabilidades. Si lo suyo era pura fanfarronería, malo, pero si el tipo es así de natural, ay de nosotros como mande más. Pura paradoja domestica.
    Como el que tiene que venir no llega y el prócer mentecato se ha marchado con las dos macizas, me zambullo en la piscina del periódico. Habla de mí en su columna un buen amigo que me aprecia. Cuenta que soy un tipo feliz, dios le conserve la vista. En la tele de aquí, una becaria con enchufe dice que van a caer hasta cinco centímetros de nieve y pone cara de frío…
     Está claro que hay días que uno no está para tanto sobresalto.

PINCELADAS Y COMPASES EN LA PINTURA DE FEGUARS. INAUGURACIÓN EN EL EDAN

Para todos los que se desplazaron la noche gélida del miércoles 4 de febrero hasta nuestra sala del Espacio de Arte Nazca, el impacto del color de la pintura de Joaquín Ferrer Guallar (Feguars) no le fue ajeno a ninguno. Había una gran expectación para ver en directo las últimas obras de este artista caspolino, un aragonés que ha trascendido las fronteras y cuyo estilo, personal e inconfundible, le ha llevado a una carrera profesional llena de éxitos y reconocimiento. Ciertamente, su pintura no deja indiferente, no puede hacerlo con ese universo de la tela en el que se funden música y técnica, simbolismo y lenguaje  rotundo, magia reveladora de las melodías en las que se inspira; desgrana partituras y nos guía en tantos acordes reconocibles ante su explicación, como un maestro que muestra las claves de la comprensión. Nos hizo entender con sus palabras que en sus cuadros se esconden tantos recuerdos, como las canciones que alguna vez todos tarareamos. Con sencillez, como el alquimista que funde la piedra filosofal de nuestra vida íntima.
Alguien ha clasificado esta exposición como pictogramas, nada mas lejos de la función de un pictograma. Feguars ha evolucionado desde sus tiempos de la figuración y luego del surrealismo hasta una pintura propia. Mezcla geometría abstracta con la huella reverencial a un Kandisky precursor de sus experimentos, podría ser tenido como un naif si no fuera porque la composición respeta los códigos ocultos de una partitura visual tan compleja como ordenada. Su color es abrumador pero acogedor, la estructura de sus símbolos va más allá de lo ingenuo, su espontaneidad no es tal pues trabaja a fondo la perspectiva, acude a un simbolismo para contar historias, historias que se dejan interpretar y coquetea con formas que todavía recuerdan a ciertos surrealistas. El resultado es una canción interpretada por un pintor que baila desde un silencio impuesto por los elementos pero que suena en la mirada del espectador.
Muchas caras conocidas: poetas y escritores como Feli Burillo, Fernando Gracia Guía, José Mª Hernandez de la Torre, Mariano Ibeas, Carlos Agorreta, Carmen Molinero, Carmen Rábanos, Joaquin Gállego. Artistas como Débora Quelle, Javier Navarro Chueca, Julia Reig, Pilar Moré, Ramón Sancho, Domingo Sanz Azcona, Edrix Cruzado, Merce Bravo y Salvador Dastis: el presidente  de la asociación de críticos de arte, Manuel Perez Lizano, la directora del Museo Pablo Serrano, Marisa Cancela, el catedrático Manuel Martin Bueno, el empresario Jesús Aguilar, el promotor turístico Javier Santaliestra, y tantos amigas y amigos. Mención especial a la familia de Ferrer Guallar, esposa e hijo. La fiesta de la música y pintura tuvo su culminación con la actuación de la chelista Dolos Miravete, que una vez más acudió a nuestra llamada con tanta generosidad y que fue seguida con absoluta atención de todos los asistentes.
Una vez más, gracias a todos.