miércoles, 20 de agosto de 2014

POR EL SENDERO CIRCULAR, DESDE BETREN A GAROS GR 211- 1

Desde Betrén, en el que se sitúa Casa Mateo, cruzando el viejo puente sobre el Garona al lado del viejo molino, hoy restaurado como equipación social para los vecinos de Betrén,  discurre el sendero GR 211-1 que es llamado el Sender Circular de la Val d'Arán porque recorre en sus diversas variantes el Alto, Bajo y Medio Arán a lo largo de 93 km.

Haremos dos etapas, la de hoy, una no demasiado exigente caminata que acabaremos en Garós y volveremos de regreso al calor del hogar en Betrén. Dos horas y media a lo sumo que vamos a aprovechar para observar todo tipo de plantas y flores pues la estación veraniega rezuma agua por todos los rincones. La botánica es una ciencia muy compleja de la que se ocupan los científicos; nosotros buscamos un poco más allá de ver simples florecitas del campo, actividad lúdica y un tanto melancólica. El mensaje de vida que nos lanzan estos seres vegetales guardan muchas de las claves de nuestra propia existencia y la ciencia antigua, y la moderna, se nutrió de sus propiedades químicas para curar, incluso para matar. Así pues, al ejercicio saludable de la andada montañera le sumamos el placer de capturar en unas humildes fotografías la esencia de una naturaleza que se desparrama en el paisaje.

Siempre con el Garona a la derecha, todavía con las huellas de su cólera desbordada en la primavera del 2013 en el cauce, la esbelta figura de la montaña de Baqueira es el faro hacia donde dirigiremos nuestros pasos. Justo al salir de Betrén hay unos prados en los que solíamos recoger los Marasmius Oreades en esplendidos corros de brujas y que luego permiten aportar a cualquier guiso de cuchara un sabor inigualable pero esta vez la hierba no ha sido segada todavía y el setal se cubre de miles de capuchones de todos los colores. Mala suerte, pero por contra, el orégano campa sin control aromatizando el aire. Pronto vemos el caserío de Escunhau al otro lado de la carretera que baja de Bonaigua, para entonces el sendero ya ha tomado una cierta altura que se incrementará conforme caminemos. Pasamos enfrente de Casarilh, donde existen unos buenos restaurantes. Recuerdo los años en que llegué al Valle a la famosa "Meña", una señora que conocía las hierbas como a su propia vida y que las recogía cada mañana. En su casa instaló un pequeño bar en el que se podían beber las bebidas espirituosas mejores que he probado en mi vida. La genciana era incomparable. La tradición marcaba que el que más chupitos podía beberse en un rato pasaba a ver su nombre en la pizarra de los ganadores. Como decía ella misma, algunos salían directamente por la ventana. ¡Qué tiempos!

Ya se deja ver a lo lejos la torre de Garós. En Arán, las torres de las iglesias están colocadas de manera que fueran visibles de una a otra, como una red de alarma para cuando alguien llegara con malas intenciones. Es un tapiz de piedra y pizarra en las que las campanas eran las vigías. Unos bizarros groselleros motean de sombra el sendero y dándonos la vuelta nos conforta a lo lejos la patriarcal silueta del Aneto, que este año presume de  glaciar aunque tenga los dias contados. Antes de llegar a Garós, una última sorpresa: la necrólpolis alto medieval del Taro, con dos sarcófagos de lascas de pizarra que el municipio ha salvado para curiosidad del visitante. Desde aquí, cumplido el objetivo, retornamos por una senda de vertiginoso descenso para llegar hasta Casarilh y tomar el camino más practicable del asfalto carretero, es mediodía y el hambre ronda en el aire. Hay prisa en los pasos.



Bajo el manto floral seguramente dormirán a salvo los Marasmius
Dejando Betrén
árnica montana
Trébol
Vincapervinca
Orégano
Turbit
Milenrama
Siempre Viva
Abejorro sobre la flor del trébol
Hierba del Asno

GR 211-1 hacia Garós, al fondo Baqueira
Escunhau
Adormidera
Salvia de los prados
Clavelillo
Casarilh
Escunahu
Grosellero rojo
Necrópolis altomedieval del Taro
Vista del recorrido desde Garós
Iglesia de Garós


Fotos: Eugenio Mateo
Agosto 2014














lunes, 18 de agosto de 2014

SETAS EN EL VERANO ARANES. CANTHARELLUS, LACTARIUS, RUSSULA Y BOLETUS

Hemos venido de nuevo al Valle. Los veranos en Arán tienen tantos atractivos que resultaría un verano distinto sin andar sobre los pastos que lamen los pedriscos de sus cumbres y notar la frescura en las umbrías de sus bosques. Este verano está siendo muy lluvioso por esas latitudes y nada más llegar a Betrén y salir a comprar comida vimos en una tienda una bandeja con Cantherellus Cibarius frescos. Una buena señal. Para el día siguiente preparamos la visita al lugar donde sabemos cómo encontrarlos y el bosque estaba empapado y prometedor. Enseguida vimos russulas en la parte cercana a la carretera y luego, cuando el bosque nos engulló ladera arriba nos saludaron desde los tocones derruidos de viejos troncos unos preciosos ramilletes de hypholomas. Un par de lactarius salmonicolor o rovellón de montaña presentaban en sus sombreros las huellas de las babosas que reptaban tranquilamente entre la hojarasca. Una, especialmente gruesa, debía su tamaño sin duda al enorme Boletus Edulis que casi estaba acabando de comer. Una lástima, porque el ejemplar era de los que alegran el día pero quien come más rápido come más. Se resistían los cibarius, que por aquí llaman rossinyol, pues aparte de unos cuántos ejemplares aislados no aparecían como esperábamos. Nos dedicamos a fotografíar setas bellas: cortinarius, hydnum, lycoperdon. El abetal, con avellanos y robles ejerciendo de islas, exigía un caminar esforzado. Por fin, el remedo de sendero que seguíamos terminó y la pendiente nos propuso el riesgo del resbalón o el regreso por donde habíamos llegado. Las botas y los bastones tenían que cumplir su cometido, así que sin pensarlo, me tiré el primero a la piscina de piedras, ramas y humedad que se escondía más abajo. Me siguió Sofía y con mucho cuidado descendimos paso a paso. De pronto, el familiar amarillo nos hizo un guiño y como estrellas fueron apareciendo los setales de robustos cantharellus, tan frescos y lozanos que un grito rasgó la soledad del bosque, no de dolor sino de júbilo. Allí estaban, agazapados y escondidos a los ojos del andarín poco exigente. Lo demás es parte de una liturgia secreta que sólo conocen los iniciados. Las capturas no lo son, acaso el encuentro del depredador comprensivo con su víctima resignada a ser descubierta. Ya de regreso, el coche traía olor a melocotón. Unas cuántas probaron el fuego que realzó el sabor; las demás han sido desecadas convenientemente para futuras hidrataciones al amparo de futuras estaciones huérfanas de los ricos rebozuelos. Este Valle de Arán siempre tan generoso. Cambiamos de hábitats los días siguientes y pudimos fotografíar pleorotus semipodridos, algún Suillus y distintas russulas, pero no buscábamos botín micológico, tan solo el silencio del hayedo para recordarlo a la vuelta ciudadana.



Rovellón comido por las babosas
Cantarellus Cibarius
Rusula Vesca
Lycoperdon
liquen
Cortinarius
Boletus Edulis, desayuno de la babosa
Cortinarius
Clitocybe

Lactarius Salmonicolor


Setal de Cantharellus
Cantarellus Cibarius o Rossigñol, Rebozuelo
Hypholoma


En el abetal                                                                               
la cosecha de Cantharellus




Cantharellus cibarius
Hydnum rufescens
boleto (suillus)
Pleorotus
Pleorotus Cornucopiae
Picnoporus Cinnabarinus. Arriba Trametes Hirsuta
Russula emetica
Russula virescens

fotos: Eugenio Mateo