miércoles, 29 de mayo de 2019

LA FOZ DE ESCALETE, UNIVERSO PROPIO



La Foz de Escalete, universo propio

Una vetusta estación, una pujante industria maderera, un rio ensimismado en el paisaje, un pueblo dormido. Sobre todos, el tajo omnipresente desde el confín de los milenios. Hablamos de Escalete, de su foz, de su universo limitado entre el valle y el abismo. Son Sierras del Prepirineo, no menos altivas, no menos misteriosas, no menos recónditas. A pesar de convertirse en itinerario para cientos de andarines, no en vano es una de las rutas que terminan en el los Mallos de Riglos, la GR-95, cruzar el portalón de sus muros imposibles predispone a abandonar el confort de un horizonte marcado por el Gállego y adentrarse en el mundo perdido, aunque de tan conocido, imprevisible y distinto.
Hoy es primavera. 

En los primeros escarpes, los más ariscos, asciende una cordada. Cuesta reconocerlos, pero allí están, confundidos en las vías que quieren escalar. El cielo es de plomo. La calima resalta los brotes incontenibles de las ramas; asoman flores tempranas en las paredes rojizas de la roca y en el borde de la senda obstinada en llevarte a monte abierto. En cualquier caso, dejarse llevar de los pasos no evita detenerse para imaginar el vuelo por el vacío con un picado suicida sobre la cárcava profunda donde se desliza el arroyuelo. Hay que detenerse para escuchar cómo suena el silencio.

Conforme se asciende suavemente por la pista, el marco preciso de la gran abertura, la raja madre de las rajas, la garganta profunda, se va aplacando, negociando con gleras que roturaron las crestas vencidas por la erosión y las que fueron desafiadas por una vegetación exuberante e invasora.  Un bosque mixto ensancha el horizonte. Todo se renueva bajo el cielo de plomo, y sobre un charco del camino se refleja temblorosa la sombra de un viejo roble. Hay mucha agua junto al pastizal abandonado de la pardina de Escalete. Hay en el ambiente un rumor de corriente subterránea.

En estas tierras vaciadas por el tiempo resisten como pueden los fantasmas de las pardinas. La de Escalete fue abandonada en los años 50. La ruina acabará por derruirla del todo, es cuestión de tiempo y de rigores. Mientras, allí está, viendo caminantes y cazadores, con planta de casona en un paraíso bipolar. Vestigio de modos de vida extinguidos sin habernos ejercitado para los que vienen.































Fotos Eugenio Mateo

miércoles, 27 de febrero de 2019

MUTRIKUARRA





MUTRIKUARRA


No salen traineras con los bravos marineros mutrikuarras a la caza de las    ballenas. Sus arpones, curtidos en mil heridas cetáceas, no brillan al sol. Tampoco navegan hasta Terranova a por el bacalao. De aquel pujante puerto con astilleros, se ha pasado a un más apacible uso deportivo.

Hoy brilla el mar y la floresta mágica que puebla el monte con verdes de una primavera adelantada. Por la villa de Mutriku se insinúan las luces y las sombras entre un dédalo urbano arracimado sobre la rada de su puerto. Se respira historia a través de los robustos muros de sus palacios; `por los pasadizos se deslizan por el empedrado los contraluces; siempre el mar abajo, como un perro fiel a la espera, aunque no siempre, cuando se yergue incontestable con su tridente de olas para reclamar la tierra firme.
Una red de caminos serpentea con un tobogán de cuestas y bajadas por el geoparkua. Bosque encantado, farallones ciclópeos, abismo, espuma paciente que socava los milenios. De pronto, la playa de Saturraran se abre frente a Ondárroa. Es febrero y hay gente que se baña. De regreso a Mutriku, se constatan 13 km. Y 17.000 pasos.

Sigue el dedo de Cosme Damián de Churruca señalando el horizonte desde su pedestal frente a la iglesia. El héroe de Trafalgar nació aquí, incluso fue su alcalde, y su memoria perdura cada día. Siguen el batzoki y la herriko taberna sirviendo pintxos; bullen los bares y tabernas con el festivo sabor de la tarde noche del sábado. Todos se vuelven a encontrar después de la faena. Se saludan,charlan, beben y comen, huele a pescado. En el norte, mezclan sus olores el mar, la montaña y la comida.















 Publicado en la revista El Clik #24


miércoles, 26 de septiembre de 2018

EL AGUALLUEVE DE ANENTO, UN FENÓMENO NATURAL





El aguallueve es un manantial que cae continuamente en forma de gotas de agua, creando un espectacular relieve, con paredes de piedra y musgo, y pequeñas grutas escondidas en su interior.
Genera un bonito valle rebosante de naturaleza, que puede recorrerse a través de sendas y caminos rodeados de árboles y arbustos, como pinos, chopos, zarzamoras… y animales autóctonos, como el mirlo, el cuco, el corzo…; y en el que existe un gran contraste del verde de la naturaleza con los colores rojizos, de la arena arcillosa en la que se forman impresionantes cárcavas, y el gris, de la piedra caliza del alto del aguallueve. El agua se recoge en una balsa que después se canaliza para el riego de campos y huertos.
 El aguallueve es una formación caliza, donde varios manantiales, surgidos de los acuíferos , aguas subterráneas del Campo de Romanos, han creado un espectacular relieve kársico, es decir, un relieve que se forma con el agua que circula por el interior de la cueva, cargada de sales cálcicas en disolución, que al ponerse en contacto con la atmósfera se producen una serie de transformaciones, que provocan la precipitación del carbonato cálcico, dando lugar a un tipo de roca conocido como toba, sus formas más características son los lapiaces (surcos u oquedades de dimensiones pequeñas o medianas, separados por tabiques o paredes de roca en algunos casos agudos), las dolinas (pozo ancho de suelo aplanado) y los poljés (depresiones cerradas en forma de valle de fondo plano), en el exterior y las cuevas en el interior de la roca.
Con el paso del tiempo, la humedad ha creado un pequeño microclima, rico en juncos, helechos y mentas, extremadamente diferente de los ecosistemas que se encuentra unos metros más arriba.
En invierno, a temperaturas bajo cero, cada gota de agua que cae se va congelando y se forman unas impresionantes estalactitas de hielo.
Durante el camino puedes adentrarte en un espectacular bosque de árboles cubiertos de hiedra, un merendero en el que descansar y beber agua o un estanque 
www.anento.es 


















fotos Eugenio Mateo