viernes, 19 de agosto de 2011

MISCELÁNEAS EN UNA CIUDAD COSTERA. SAN SEBASTIAN



























Cuando el calor aprieta lo mejor es buscar la cercanía del mar y para que el agua refresque sin abrasar la costa ideal es la del Cantábrico. Dicha esta perogrullada, San Sebastián es un buen destino incluso en épocas sin verano, cosa que todo el mundo sabe también. Playas, deporte, gastronomía, cultura, tapeo y paseos con sosiego se deben poner en la coctelera para beber el resultado sin prisa. El éxito está garantizado.

Venir a hablar de Donosti a estas alturas es un ejercicio demasiado practicado por lo que sólo queremos reseñar algunos lugares que deben ser recomendados por si alguien, todavía, no los conoce. En restauración, en plena Concha, el restaurante La Perla, con su comedor que más parece una cabina de un moderno trasatlántico, permite comer de maravilla a la vez que se pueden contar las olas, si acaso este capricho viniera a interrumpir la degustación del salmorejo con anchoas y huevas de erizo. Otro lugar para no omitir es el Asador Portu-Etxe, enclavado en un clásico caserío a las afueras de la ciudad. La especialidad son los pescados a la brasa. Destacamos el mero, el besugo o las almejas a la marinera. Rotundo. Una ración de Lepiota Prócera incorpora el mundo de las setas al comensal avezado. La carta de vinos recoge las mejores añadas de toda España y su txacolí es simplemente espléndido. El casco viejo, con sus innumerables tabernas y variopinta clientela consigue que cada esquina tome el aspecto de senda inexplorada donde aparecen las sorpresas como los pintxos de anchoas con txangurro. La noche de Babel. Mezcolanza de aromas y de razas.

Hemos vuelto a admirar los vacios de Oteiza  en el rompeolas y los perfiles de Chillida sobre los acantilados. La  baja mar. El ocaso traspasando los contornos de la isla de Santa Clara. Las cabalgadas sobre las olas de los surferos en la Zurriola. La silueta geométrica del Kursaal. La plaza de la Constitución con los números de los tendidos que guarda todavía de su pasado como coso taurino. El Palacio de Miramar, en el que el dictador dormía su sueño de mala conciencia. El puerto, cobijado por el Urgull, con el olor a yodo y a gasoil. El rancio pasado de la burguesía en los palacetes decimonónicos. 

Venimos cada año. Vendremos hasta que las ganas aguanten. Cada vez, algo no descubierto llamará la atención. Es la apuesta sobre seguro. San Sebastián bulle con la calma de lo clásico pero a la vez de lo nuevo.

fotos Eugenio Mateo
agosto 2011

viernes, 5 de agosto de 2011

AUTOCONTROL

AUTOCONTROL

La capacidad de autocontrol se ve sometida, en estos días, a una presión que consigue poner a prueba nuestro, por otra parte, demostrado ejercicio de la paciencia. No sabría decir con rigor si la paciencia mencionada es tal o simple resignación, puesto que son dos cosas muy distintas y cuyas consecuencias para el que las practica a menudo causan efectos muy dispares. Al paciente le llegan, a menudo, recompensas inesperadas en forma de logros que nunca se hubiesen podido conseguir sin la virtud de la que el santo Job dio muestras. Al resignado, nada le compensa de su renuncia ya que la actitud necesaria de sumisión sólo puede ocasionar desazón y falta de autoestima. Creo firmemente que la resignación es la cantera en la que los hombres libres pierden esa condición para ser esclavos con las cadenas invisibles de la indignidad y el abandono.

He usado muchas veces un término que por ser sincero, ha disfrutado de poco eco. Quizás el que merezco. Pero a pesar de todo, me sigo considerando un “ciudasúbdito”, o lo que es lo mismo, un siervo de gleba al que le permiten tener filiación de contribuyente para pagar por los platos rotos de algunos espabilados que, ¿incomprensiblemente?, consiguen vivir sin dar palo al agua bajo la excusa  de ser nuestros “representantes”. No es que denoste a los políticos porque sí, (aclaro que entre mis amistades se cuentan alguno de ellos), sino que no trago que me consideren imbécil y me lo refroten por la cara con el paternalismo que utilizan. Afortunadamente, la mayoría de los próceres tienen tan poca categoría intelectual que a la hora de medirnos, no hay tontos ni listos; simplemente mandan en base a un despotismo ilustrado que les “otorga” el cargo y va siendo hora que las decisiones que afectan a toda una sociedad se tomen teniendo en cuenta a ésa misma sociedad.



Vivo en una ciudad que está en estado de sitio. Las obras que afectan al conjunto de ciudasúbditos son de tal magnitud que usar el término de sitio no es exagerado. En aras de una supuesta modernidad, un Consistorio decide que hay que abrir en canal calles y plazas; aparecen las máquinas, las cuadrillas de obreros, el caos circulatorio, los cambios inverosímiles en las líneas de autobús, la ruina del comercio, la inhibición al paseo, el cabreo general, nuestra historia enterrada pero previsible… ¿Y?... Pues, en el zafarrancho general adivinen quién paga la cuenta, ¿no caen?

No tenemos la culpa de ser malpensados; acaso mamamos de esa cultura que dice que el más lelo fabrica lapiceros. No nos fiamos por si acaso, escarmentados de promesas y proyectos que al final, el tiempo ha demostrado sus fines verdaderos. Pedirnos altura de miras o contribución al bien común resulta cuando menos, atrevido, habida cuenta del estado moral y económico de una población que observa estupefacta que no pinta nada, pero sobre todo que el futuro tiene un color predominante: el negro.

Por mucho lamentarse no cambiaran las cosas. El asunto no tiene vuelta atrás y costará dos años, quizá más; seguro que más si cada día hay que analizar tal o cual esquirla de vasija paleocristiana, basamento de columna dórica o adobe de minarete; sobre todo si en cada ruina que aflora se baten a florete los técnicos del poder municipal con los del poder supra regional a primera sangre, perdiendo el tiempo en algo que hasta se enseña en las escuelas como es el pasado milenario del subsuelo, para continuar con sus acostumbrados rifirrafes que no son más que cortinas de humo.  La línea del tranvía nos aportará un carácter de “gran ciudad” y nuestra Zaragoza será una urbe de bicicletas, ahora que el negocio está controlado, para envidia de las urbes infrahumanas y mastodónticas. Lo que no se contará será que los réditos prometidos nunca se abonaran, pero lo veremos, aunque demasiado tarde. Haremos ejercicio, eso sí, que nunca viene mal. Fuera de bromas, los beneficios que se nos venden como reclamo, no existen, salvo los que redunden en los patrimonios de los testaferros. Siempre dirán que hubo una exposición pública del proyecto con oportunidad de que la ciudadanía alegase objeciones, aunque sabían muy bien del poco afecto hacia las cuestiones burocráticas de casi todos nosotros por lo que la oposición, asumida en cada mente de una gran mayoría pero nunca manifestada, del conjunto de la población, no emerge más allá de los corros de café o la cola del pan. Cómo siempre. Todos nosotros hemos de aceptar la aventura porque el marqués de turno y su corte así lo deciden. Vuelvan los tiempos del absolutismo sin caretas, por lo menos sabremos a qué atenernos: eso que se dice siempre de que donde hay patrón no manda marinero. Ya buscaríamos la manera de derrocar a los tiranos pero, en este sistema democrático “social-liberal- conservador- neotrepa- descafeinado y aggorgionado”, las turbas no deben salir a la calle a pedir explicaciones de la manera que todos  entienden, como es, a la brava. Pero imaginemos que una gran concentración, (soñemos que de toda la población), de gente con cara agria y cabreada, cargada de razones y de picos o palas, se llegara hasta el ayuntamiento y lo pusiera patas arriba. En el hall unas cuantas catas arqueológicas, las necesarias vallas, el polvo sobre los expedientes, la eliminación de muros de carga, sobre todo hacer lo más complicado posible el paso entre los despachos de los mandamases, para que supieran, por fin, lo que es probar la misma medicina. Debo estar desvariando; a estas horas de la noche mi cerebro se ablanda, lo mejor es irme a dormir y mañana procuraré no caer en ninguna zanja, no sea que el espíritu de un romano o un musulmán se venga conmigo y quiera que le pague las cervezas, -¡Encima!-

A quién se le ocurriría creerse aquello de muy leal y muy heroica. Nos dan coba siempre que se nos pide lo imposible para que alguien sea inscrito en la Historia. Nada somos sin memoria. Cuando se inaugure para los jubilados entusiastas, afectos sin saberlo,  la flamante herida que parte en dos la vieja Salduie, olvidaremos que tenemos memoria de pez aunque acerca de esa teoría tengo mis propias conclusiones. Mientras, como dicen los carteles turísticos en el Caribe, prepárense para gozarrrr.

Eugenio Mateo Otto

martes, 2 de agosto de 2011

UNA VISITA AL MUSEO DIOCESANO DE ZARAGOZA










































Invitado, muy amablemente, por el director científico del Museo Diocesano de Zaragoza, Domingo Buesa, acudí a la cita con mucha expectación pues desde su inauguración el 21 de Marzo de este año, la visita figuraba en mi agenda como pendiente intuyendo, por lo leído al respecto, las sorpresas que su recorrido me iba a deparar. El viernes 29 de julio, a la hora fijada, allí estaba, armado de mi curiosidad y con el bloc de notas listo. Domingo Buesa también acudió puntual y  nos encontramos en la cafetería del museo, presidida por un espectacular mural del pintor zaragozano Ruiz Anglada. Buesa dió las oportunas instrucciones, me dejó con la guía, Pilar Muniesa, e iniciamos la visita pero antes es conveniente aclarar que desde el momento de cruzar el acceso al edificio del palacio arzobispal en el que se encuentra enclavado el museo, se aprecia de manera inmediata el impresionante proyecto de restauración, llevado a cabo por los arquitectos Javier, Belén, Sonsoles,y Clara Borobio Sanchiz, del Estudio BAU. El conjunto arquitectónico que vamos a recorrer hunde sus raíces en la historia mas antigua de la ciudad, puesto que fue construido en sus diferentes partes o zonas sobre el solar del Foro romano del siglo I a.c. y el de la Mezquita mayor de la Taifa de Saraqusta, aprovechando un torreón de la muralla musulmana que albergó la primera residencia del obispo D.Pedro de Librana, después de que Alfonso I el Batallador conquistara la ciudad en el año 1118.

La historia de la ciudad nos va a ir saliendo al paso en cada sala, en cada recoveco, convirtiendo al propio edificio en el auténtico museo por lo que no es gratuito decir que vamos a ver dos museos, el que acoge y el que contiene.

La estructura expositiva se reparte entre sus tres plantas a lo largo de 15 salas; cronológicamente engarzadas, se muestran piezas desde el siglo XII hasta el XX de Maestros románicos, góticos, mudéjares, renacentistas, barrocos, neo clásicos, rococó, neo renacentistas y contemporáneos.  En el libro a la venta sobre la Biografía de una Restauración, de los hermanos Borobio Sanchiz, se habla de los hallazgos que el saneamiento del viejo edificio fue sacando a la luz. Así, lo que pudo ser el Aula o Sala Episcopal del palacio gótico construida por el arzobispo  Don Dalmau de Mur poco antes de 1450, se ha recuperado, mostrando las yeserías flamígeras y la fastuosa puerta que se puede admirar desde las dos primeras plantas. Todas las obras seleccionadas son en si mismas auténticas joyas del arte pero me gustaría destacar algunas como la talla románica de Nuestra Señora del Salz; los capiteles románicos de la iglesia de Santiago en Zaragoza, desaparecida en 1916 por la piqueta; la imagen gótica de la Virgen con el niño, obra de Franci Gomar, uno de los maestros del retablo mayor de la Seo; el arcón funerario de San Braulio; el mayestático Cristo en madera policromada de Damian Forment de 1525; la tabla gótica de Martin Bernat de 1480 sobre la detención de San Vicente y San Valero; el busto barroco de Santa Engracia; las arcas renacentista de cedro rojo; la ventana múdejar hacia 1379 en la sala 8 o las techumbres, asimismo mudéjares, de las salas donde vivieron los reyes cuando visitaban Zaragoza;  la maravillosa tabla de  Martin Bernat sobre San Antonio Abad, y muy influenciado por los grabados alemanes de la época; el Cáliz del Compromiso de Caspe, donde Fernando de Antequera fue nombrado Rey de Aragon ; las tallas en alabrastro o madera de Damian Forment;  los cuadros de Jusepe Martinez, Francisco Bayeu o Francisco de Goya; La Sala de los Obispos y las grisallas pintadas por Félipe de Cáceres;  la labor de D. Hernando de Aragón, nieto de Fernando el Católico, que regularizó todo el conjunto de edificios del Palacio Episcopal; la moderna solución museística de la vitrina de la Procesión Eucarística en la que se exponen relicarios, cruces y custodias en conjunción de la luz y el espacio.

Estamos ante uno de los mejores museos religiosos de España y posiblemente el mejor museo de Zaragoza. No importan las convicciones religiosas o los tabúes preestablecidos. El Arte es humano y el patrimonio cultural que refuerza a la ciudad no debe supeditarse a la propiedad. Ateos, agnósticos, creyentes y aficionados sin filiación, tienen aquí una experiencia sin parangón para identificar sus orígenes como nación y reyno, contribuyente decisivo a la Historia de España. 

La Directora Gestora del Museo, Mª Carmen de Miguel Etayo, me contaba sobre la constante afluencia de público y que el Arzobispado había tenido mucho cuidado en separar Religión de Arte, consiguiendo que el pueblo de Zaragoza haya entendido el esfuerzo titánico en rescatar nuestro Patrimonio, por encima de la  connotación piadosa. El Museo dispone de salas para exposiciones temporales, que reforzarán la propuesta cultural de primer orden que ya podemos disfrutar a las orillas del Ebro.

Cuando al salir, Mª Carmen de Miguel me enseñaba la gigantesca infografía de Sor Isabel Guerra, pasamos junto al pozo medieval que se ha restaurado en la entrada y la cercana influencia del Rio Ebro trajo una suave brisa que despertó un orgullo dormido de aragonés.


texto y fotos Eugenio Mateo
29.07.2011
Museo Diocesano de Zaragoza