viernes, 17 de octubre de 2014

Y DE PRONTO, EL CIELO AMENAZÓ CON DESPLOMARSE


Con permiso de aquellos que consideran al robellón como una de las mejores setas, siempre he mantenido que desplazarme de propio en su búsqueda no está en mis prioridades micológicas. Tampoco soy más papista que el Papa y no renuncio a un buen plato, sobre todo a la brasa, sin más que un poco de ajoaceite y sal. Dicho lo dicho, este pasado día del Pilar, después de un largo fin de semana pasado por agua, opté por una travesía, de apenas hora y media de no muy exigente caminata, por un valle recóndito con poca afluencia de montañeros en ésta época del año. Sabía que en la senda iba a encontrar gran variedad de setas y así fue. Russulas, tricholomas, suillus, amanitas, lactarius, armillea, gyromitras, boletos bayos, lycoperdon, pholiotas, etc. Llegado a una gran pinada que marca el vértice de la cota, una alfombrada y herbosa planicie bajo los espigados pinos laricios escondía una abundante cosecha de robellones. Juntos, lactarius sagluifluus, semisanguifluus y deliciosus. Cada uno con sus colores y texturas, ejemplares jóvenes, algunos larvados también, pero frescos y espléndidos. Ya he dicho que no les hago ascos, faltaría más y los uso como guarnición de guisos de carnes o revueltos con huevos y me gustan. Así, el placer de la capturas me motiva más y me enfrasqué durante una hora recorriendo el sotobosque limpio por el ganado que usan para este menester. No era consciente del tiempo aunque sí de la hora y calculando un regreso de una hora aproximadamente, creí llegado el momento de volver. Cuando llegué a la barrera que separa los dos montes municipales me fijé en un cielo que no me gustó nada. Lo cierto es que su aspecto amenazaba con un tormenta de cuidado y recordé dos pasos obligados en la senda que cruzan una torrentera de arcilla en la que las avenidas han borrado la marca, en un cortado barranco de no menos de cien metros que se precipitan hasta el fondo del cauce del río que se agita allá abajo. Confieso que no se me ocurrió mejor idea que salir corriendo senda abajo, en la mejor tradición del cross country, para intentar pasar los dos pasos antes que la lluvia, que parecía inminente,me cortara el paso de regreso o asumir el riesgo de un mal paso hacia el abismo, aunque yendo en solitario, no es ésta la mejor opción. Lo que cuesta una hora, como he dicho, me costó cuarenta minutos recorrerlo, con la cesta y mochila llena de hongos y el bastón de apoyo anti resbalones. El cielo se fue oscureciendo y los cumulonimbus tomaron aspecto del diluvio final. Hice unas fotos, son testimonio de mis palabras. Cuando llegué al coche, con las rodillas castigadas y los tobillos tambaleantes, la dichosa lluvia aún no había llegado. Lo hizo, un poco más tarde, pero yo ya estaba en mi casa, mirando al cielo y tomándome una cerveza para celebrar haber evitado que el cielo se me desplomara encima.



Nieblas matutinas sobre Aroa                                                                             

                                                                               
El valle perdido
Lactarius sanguifluus

Polyporus
Amanita verna
pholiotas

     
Lactarius Deliciosus                                                                                                                                                                               
La tormenta asoma de repente




   


finalmente, la cosecha

fotos Eugenio Mateo
octubre 2014



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