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Por Eugenio Mateo

    Durante muchos años, cada vez que pasaba por un determinado lugar de esta ciudad presentía en el aire la siniestra presencia de la muerte. El templete neoclásico del Instituto Anatómico Forense de la Facultad de Medicina, en la calle Doctor Cerrada, era el penúltimo recodo del camino antes del final absoluto para aquellos que habían encontrado una muerte inesperada o violenta.      Recuerdo la figura desgarbada del médico forense al frente de esa institución, el doctor Bastero, a quien tuve el honor de frecuentar y que era hijo del fundador del Instituto, Bastero Lerga. En un cuerpo desproporcionado destacaba su rostro, cetrino, con el mismo color de tez que los desafortunados a los que les practicaba la autopsia —es curiosa la capacidad de mimetismo que adquieren a veces las cosas de manera autónoma, sin causas aparentes— Era una excelente persona, dotada de una altura moral que le enriquecía y pareja a su altura física. Un sabio de una amabilidad natural que, sin embargo, no podía ocultar el fondo de horror que su sensibilidad no había asimilado; humanista y chungón, con unos ojos tan tristes que invitaban a la piedad, enmarcados por unas profundas ojeras que a mí, en aquella época un jovenzano aventurero, me hacía fabular con las cadavéricas ojeras de los ocasionales pobladores de aquella morgue, a los que, afortunadamente, nunca tuve ocasión de ver. Su sonrisa suplía el escepticismo que vivía con él y su conversación dejaba un poso de calma infinita, ausente de prisa, con una manera especial de medir el tiempo que él conocía como nadie en su finitud.
    Hoy, después de muchos años y de tantas ocasiones como he transitado por el lugar, me ha venido el recuerdo de forma impremeditada e inapelable. Hace mucho que el templete dejó de servir para el uso para el que fue creado, probablemente nadie repara en esas vidrieras que le confieren ese carácter de capilla en uso, pero no, ahora es una especie de jardín de infancia donde juegan niños pequeños bajo la atenta vigilancia de sus mayores. Esta mañana, de regreso de una gestión en un gran centro cultural que cobija todo el saber y que curiosamente sufre de esclerosis informática, a través de los ventanales de colores me han llegado sus gritos de algarabía divertida y confieso que he tenido la tentación de entrar y de conocer como se filtra la luz por esos cristales, ese arcano impulso de intentar adivinar el arropamiento pseudocelestial que sentirían los muertos que allí yacieron. La prisa me ha hurtado dar el paso y he seguido caminando como si una cita a ciegas me esperara al fondo de la calle. Se ha venido conmigo el recuerdo del doctor que tanto conoció del otro lado oscuro y los de cuando a veces alguien abría los ventanales con vidrieras policromadas y se podía observar un ataúd sobre el catafalco de la soledad eterna. Un recuerdo inútil, difuso y profuso en sentimientos de tiempo desperdiciado, árbitro entre filos de cuchillos en los que la vida ha mostrado su afición funambulista.
    Es la constante paradoja, esa que decide que un mismo espacio puede servir para fines diametralmente opuestos. De morgue a guardería infantil. De escenario de proyectos de vida a telón de carencias irremediables de futuros.
    La manera de vivir que nos estamos dando es una contradicción que pone a prueba la capacidad de razonamiento. El mundo al revés. El orden de valores subvierte esos mismos valores para dejarlos vacios de contenido y razón. La gran paradoja que ha venido a mi encuentro instantes después de la mano de un cooperante del ACNUR, un joven voluntario que buscaba nuevos voluntarios bien intencionados, quizá como él mismo, que ayuden a paliar las vidas destrozadas de millones de seres que son obligados a dejar sus hogares porque un equilibrio de poder poco misericordioso trafica con los intereses más elementales de media humanidad. Un sistema desquiciado que convierte en necesitados a los mismos a los que pide su dinero.
    No ha terminado mi paseo paradójico en esta mañana invernal. Saludé a una amiga en un paso cebra, venía acalorada en misión laboral, en concreto comisionada para vender un piso de la inmobiliaria en que trabaja. En lo que dura un semáforo en rojo me puso al corriente de sus cuitas y pude deducir que su empresa era una entidad bancaria a la que las crueles paradojas han hecho dos veces propietaria de casas que sus dueños no pudieron pagar y fueron embargadas, pero que las siguen debiendo. Hay que añadir que esta amiga es directora de una agencia que va por objetivos; hace apenas unos años, estaba obligada a conceder un determinado umbral de crédito, vender pasivo, le llamaban; ahora está presionada con objetivos semanales para aligerar el parque de viviendas desahuciadas de los activos tóxicos. No para la pobre, en ese sinvivir.
    Reconozco que mi estupor ha ido en aumento. Había quedado con un amigo a tomar un vermú. En el bar en cuestión, allí, en la barra repleta de tapas sin cubrir, ignorando las ordenanzas sanitarias, uno de los jerarcas de esos partidos bisagra tan en boga. No pude por menos de escuchar, mientras esperaba al amigo, la charla que el sujeto político mantenía con dos damas de abolengo. La frivolidad de sus comentarios y algunas de las opiniones vertidas sobre los socios de gobierno, le hizo culpable ante mis oídos de ser un perfecto cretino pues ni el escenario ni la inmediatez de desconocidos concedió a sus peroratas matiz alguno de prudencia, necesaria y conveniente cuando se tienen ciertas responsabilidades. Si lo suyo era pura fanfarronería, malo, pero si el tipo es así de natural, ay de nosotros como mande más. Pura paradoja domestica.
    Como el que tiene que venir no llega y el prócer mentecato se ha marchado con las dos macizas, me zambullo en la piscina del periódico. Habla de mí en su columna un buen amigo que me aprecia. Cuenta que soy un tipo feliz, dios le conserve la vista. En la tele de aquí, una becaria con enchufe dice que van a caer hasta cinco centímetros de nieve y pone cara de frío…
     Está claro que hay días que uno no está para tanto sobresalto.